Vivir en la isla

Vivir veinte años en la isla para un día cualquiera partir y radicarse en la ciudad significa muchas cosas. Y con el tiempo me fui dando cuenta que esa transición es la opuesta a la que viven aquellos que de repente se mudan con sus vidas a la vida de la isla. Porque cuando naces sin los servicios básicos, no sentís necesidad alguna de la existencia de ellos, te acostumbras al sol de noche como a las noches de luna llena en el muelle. Sabes que la lancha pasa una vez por día, que un poco antes del mediodía vas a escuchar ese motor tan familiar acelerando y parando en otras casas y que por las dudas te vas a quedar merodeando cerca del muelle, por si alguien te mando alguna carta. La televisión la miras un rato al mediodía y un rato a la noche para que la batería dure un poco más. La única conexión en tiempo real es la radio a pilas. El agua corriente no existe y el filtro gota a gota te brinda un poco de agua transparente. El almacén esta como a quinientos metros y la almacenera pasa una vez por semana. Una lancha de un turco que no recuerdo el nombre aparece de vez en cuando con la extraña carga de agujas, telas y otras cosas poco interesantes. La verdulería está en la tierra, no me olvido de que lo único que mi vieja compraba, eran papas en bolsa, todo lo demás nacía en la tierra isleña. Las naranjas las arrancaba de los frutales, lo único que no teníamos eran bananas. En aquellos tiempos de mareas más extensas a veces la naturaleza también proveía carne de ciervo o carpincho. El río no se quedaba atrás y siempre aparecía algún surubí o dorado. Otros tiempos y otros pensamientos, porque no existía la idea conservacionista de la actualidad, aunque también existía la responsabilidad de aquel que jamás mataba a un animal con cría o por tener alguna. Y no se vivía de eso, la madera, el mimbre y el junco eran los principales motores de supervivencia de aquella isla que les cuento. Por eso a veces me cuesta leer algunos reclamos de servicios que quien escribe empezó a utilizar cuando se mudó a la ciudad. Pero claro, cuando la historia se cuenta al revés es un poco más entendible. Porque yo nací sin todo eso, pero cuando naces con todas las comodidades del continente y un día decidís cambiar de vida y te mudas de la calle al arroyo, no entendés como no se puede tener lo esencial, pero ¿Eso es realmente lo esencial? Claro que mi relato incluye un Delta de otro tiempo, porque en la actualidad en algunos de esos lugares que supe recorrer de pibe, si apuntas con tu celular al cielo te aparece una rayita que te conecta con este 2025.
