Mi tío Oribe (n)

Era un hombre de voz clara y fuerte. Un tipo que, para ir a comprar pan al almacén, se ponía pantalón de vestir y camisa. Capaz que iba de championes, o incluso en ojotas, pero aun así la pinta nunca fue lo de menos para él. Lentes negros y gorrita, porque el sol siempre castigaba. Así montaba en su bicicleta.
Habitué de más de algún bar en la madrugada palmirense, en ese pueblito de Colonia, Uruguay. Allí también supo ser referente de algún club de fútbol barrial. Vivió su vida como creía que había que vivirla. Pero nunca le fue esquivo al sacrificio del trabajo.
Su casa no estaba muy lejos del río, y era costumbre verlo caminar por sus orillas, contemplando el agua marrón. A veces con su mate; otras armado con un palo, porque —como él decía— "andaban perros bravos".
Oribe, o el gringo, le decían algunos que lo conocían un poco más. Yo nunca supe por qué la abuela le puso ese nombre. Tampoco se lo pregunté a él. Hoy pienso que fue por Manuel Oribe, ese soldado que luchó por la independencia de los orientales.
Y él, mi tío Oribe, capaz que a lo largo de su vida peleó más batallas que aquel prócer. Solo supe de algunas, y de esta última, que no le tuvo piedad.
Me quedo con la nostalgia de no haber sabido, o podido, compartir con él algún mate más. Hoy lo recuerdo sentado en su reposera, mirando esa tierra que lo cobijó hasta el último instante. Donde, cuando vuelva, ya nada será igual.