Mi tío Leo

De pibe me hizo creer que si dejaba dos bananas siempre iban a aparecer otras. Había una alacena especial para eso y ese milagro ocurría inexplicablemente. Nunca las comía todas, siempre quedaban dos. Tenía un perro con nombre de ballena, se llamaba Moby Dick, pero no era asesino, era peludo y grande. Fue también mí único caballo y mi gran guardián. Aún lo recuerdo más allá de la existencia de alguna fotografía en blanco y negro. Y cuando no lo recordé, él me contó parte de sus aventuras, las de Moby como le sigue diciendo, aunque ya no esté y entonces volví a recordarlo. Como a la pelota de goma y el paraíso gigante. Y lo que no conocí, porque no estuve allí, él supo contármelo para que supiera que pasó. El encantador de colibríes, el gran contador de historias, el hombre capaz de contarte lo que nunca sucedió con el más mínimo detalle para que no dudes ni por un instante de ninguna de sus palabras, aunque todas finalmente sean un cuento y no una historia o tal vez sí, o tal vez no. O quién sabe. Autodidacta, lector curioso, maestro sin aula. El dueño de los perros sin dueño y también de los que tienen dueño, pero siempre por decisión del perro y nunca de nadie. El hermano de mí vieja, el tío de todos, aunque cada uno lo sienta como propio más allá de la sangre que pueda ser igual o distinta. El tío de mis hijos, el tío de mis sobrinos, el tío de mis primos, el tío de gente que nunca vi en mí vida. Mi tío, el tío Leo, ahora el encantador de colibríes.