Capitulo 2: Ortiz


Santiago Ortiz, policía, de cincuenta y dos años, isleño desde la cuna, quién piensa más en su retiro que en otra cosa, es efectivo del destacamento de islas desde que tiene memoria. Viaja dos o tres veces por semana en la lancha colectiva que llega a la ciudad de Tigre casi a las nueve en punto de la mañana, después se dirige a su casa, donde pasa gran parte de la mañana con su esposa, y en la tarde emprende el regreso. Es comisario del destacamento y eso implica que viva más allí que en su propio hogar.
Antes, cuando aún no había alcanzado ese cargo, vivía en la misma isla, pero no tenía paz, porque cada vez que sucedía algún altercado o lo que fuere, acudían a él así estuviera de franco o de vacaciones. Y no podía rehusarse por dos razones: porque amaba su profesión y porque respetaba a todas aquellas personas que de alguna manera eran parte del lugar donde había nacido.
Todo eso cambió cuando llegó al mundo su hija, porque sus prioridades se modificaron drásticamente. Primero, con Elena, su esposa, y el periodo de embarazo, en el cual tuvo complicaciones que lo obligaron a dejar su puesto en mitad de la madrugada, viajando a la ciudad o acercándose a la sala de primeros auxilios de la zona, pero siempre regresaba una vez que se aseguraba de que Elena estaba bien. Luego, fue su hija, que en los primeros meses de vida tuvo algunos inconvenientes de salud. Fue la acumulación de sucesos de diversa gravedad lo que lo llevó a poner en venta su casa y mudarse definitivamente a la ciudad; aunque, en realidad, él nunca se había mudado de la isla, pero su esposa sí. Santiago pudo sentir esa diferencia en los primeros tiempos, cuando aún no era comisario y podía gozar de sus francos sin que nadie fuera a buscarlo a su casa. Pero es cierto también que tomó todos los recaudos necesarios para que jamás ningún vecino lo viera uniformado, nadie sabía entonces a qué se dedicaba y, para la mayoría, era el nuevo vecino. Piensa en todo eso mientras observa por la ventanilla de la lancha colectiva como llueve; alguien le toca el hombro y se ve obligado a regresar al ahora en un segundo.
―¿Un verde, Ortiz? ―le pregunta el marinero de la lancha colectiva mientras extiende su mano con un mate.
―Por supuesto, Juan, sin mate esto no sería el primer viaje de la mañana. Aunque… hoy somos pocos, ¿será por el tiempo?
―Puede ser, llovió toda la noche y además parece que se viene la sudestada, mucho viento, ¿vio? Y usted sabe que la gente muchas veces prefiere quedarse en casa y levantar las cosas antes de que el agua se lleve lo poco o mucho que tienen. Aunque le apuesto lo que quiera, don Santiago, a que el profesor no nos falla. ―El comisario sonríe, sabe que Juan tiene razón, el profesor, como todos lo llaman, difícilmente se pierda el viaje. Desde que lo conoce, y siempre que viaja a esta hora, Víctor se transformó en un compañero de viaje infaltable. Al principio, las charlas eran repetitivas y tediosas, porque su único interés era el delta y todo lo que pasaba en él, así que Ortiz se convirtió en una especie de asesor y más aún cuando Víctor descubrió que era policía. Con el tiempo, el interés mutuo creció, ya que ambos se respetaban por sus labores, diferentes, pero igual de importantes para la sociedad. Y Ramírez lo manifestaba constantemente. El comisario terminó desistiendo de cualquier argumento con tal de restarle importancia al asunto.
―¿Ese no es el profesor? ―pregunta el capitán de a bordo mirando al comisario por el espejo superior. Ortiz se pone de pie y se acerca a la proa de prisa.
―¡Es él! ¿Qué habrá pasado? ¿Qué hace con esa canoa en el medio del río? ¡Arrímese lo más que pueda!
El lanchero hace una maniobra y acerca la lancha lo suficiente como para que el marinero tome una soga y junte ambas embarcaciones. Ortiz observa la escena desde la popa sin poder comprender lo que ve, al tiempo que desde el interior comienzan a escucharse exclamaciones de asombro y espanto al descubrir la extraña escena flotando a la deriva.
El comisario ayuda en la maniobra para amarrar ambas embarcaciones menores al muelle de la casa de Ramírez. Luego le hace un gesto con la mano al capitán de la lancha colectiva para que siga su rumbo.
―¿Profesor, se encuentra bien? ―le pregunta mientras pone su mano en su hombro. Víctor permanece petrificado observando aún el interior de la canoa―. Escúcheme, vaya adentro, cámbiese de ropa. Yo me encargo, tengo que llamar a Prefectura, este asunto no está en mi jurisdicción, pero quédese tranquilo que no lo voy a dejar solo.
―Está bien, ya regreso, Ortiz ―le responde el profesor, mientras da unos pasos, para luego darse vuelta, como si hubiera recordado algo―. Gracias, Santiago.
Ortiz ve alejarse a un hombre desbordado por una situación a la que no está acostumbrado, le cuesta reconocer en ese hombre que camina arrastrando sus pies al profesor que él conoce, lleno de vida, inquieto, curioso, charlatán a más no poder, pero sabiendo siempre lo que dice.
¿Qué estaba haciendo en medio del río, intentando arrastrar una canoa con un cuerpo dentro? No hay rastros de sangre en su ropa y hasta donde el comisario sabe, Ramírez es un tipo inofensivo, incapaz de herir a nadie. ¿Y entonces?
Observa su celular, solo tiene que presionar el teclado táctil para que, en el destacamento de Prefectura más cercano, un teléfono comience a sonar. Pero no lo hace, aún no, primero tiene que hablar con Ramírez y saber exactamente qué sucedió. Decide entonces llamar al destacamento de Policía en donde él se desempeña. Alguien atiende del otro lado, reconoce la voz inmediatamente.
―Destacamento de Policía, al habla el sargento Morales. ¿Quién habla?
―Morales, habla Ortiz. Tengo una situación río abajo, en la casa de Ramírez. Necesito saber si existe alguna denuncia de embarcación o persona desaparecida.
―Comisario, pensé que usted ya estaría en Tigre. Déjeme ver, ya le digo. ―Se escucha el sonido del teclado de la computadora―. Mire, Ortiz, no hay nada, pero en este momento tenemos a la mujer de López esperando. Seguro que debe estar acá para hacer alguna denuncia en contra del marido. Usted sabe que cada tanto se queja del esposo por maltratos para luego levantar la denuncia. Sabemos que el tipo le pega, pero es difícil poder hacer algo así, lo único positivo es que a simple vista no se la ve golpeada.
―Hágame un favor, Morales, pregúntele qué necesita y dígame qué le dice. ―Mientras aguarda, el comisario observa la embarcación y reconoce inmediatamente la canoa de López, que ha visto en muchas ocasiones.
―Mire, jefe, no va a creer esto, pero la mujer dice que cree que mató a López.
―Tómele la declaración, Morales, y cuando tenga toda la información llámeme.
―De acuerdo, comisario, le tomó la declaración, pero antes mando el móvil a buscar a López, tal vez ande escondido por ahí.
―Mande el móvil a lo de Ramírez, creo que ya encontré a López.
