Capitulo 1: A la deriva

10.09.2025


Víctor Ramírez se asoma por la ventana principal del comedor que da al río. Afuera llueve y los árboles, que apenas visten pequeñas hojas, anticipándose a la primavera, se mecen de un lado a otro. Observa su reloj pulsera; es lunes y apenas son las siete y veinte de la mañana. Tiene tiempo para tomar un café tranquilamente junto a su esposa Laura antes de que la lancha que lo llevará a Tigre pase por su muelle, aproximadamente a las ocho y treinta, aunque sabe que es probable que el rugido del motor de la embarcación comience a escucharse mucho antes. Le llevó un tiempo acostumbrarse a esos detalles; al principio se acomodaba en el extremo del muelle de madera apenas oía el sonido del motor de la lancha colectiva, pero con el transcurso de los días, descubrió que en la isla los sonidos viajan a otra velocidad y que transcurrían unos cuarenta minutos aproximadamente desde que comenzaba a escuchar el motor hasta que finalmente pasaba por su casa.

El tintineo de una cuchara rozando su taza roja lo saca de sus pensamientos. Su esposa revuelve el café después de agregarle dos cucharadas y media de azúcar. El olor a pan tostado comienza a inundar la pequeña casa, como una sudestada; él gira sobre sí mismo y se dirige a la mesa.

―¿Pensás viajar a Tigre igual? ¡Mirá como llueve! ―le pregunta Laura mientras termina de untar una tostada con mermelada que luego le alcanza.

―Hoy tengo que dar algunas clases particulares y además tengo que pagar la boleta de luz antes de que venza.

―De todo, eso lo único realmente importante es pagar la boleta de luz, porque tus alumnos podrían ir a tus clases de apoyo otro día, Víctor. Te jubilaste y nos vinimos a la isla para vivir tranquilos y no andar corriendo atrás del tiempo como hacíamos antes; ahora somos docentes jubilados, es momento de descansar, ¿no te parece? ―Él sonríe mientras se levanta aún con su taza de café en la mano, rodea la pequeña mesa, deja sus cosas en la mesada y, antes de salir, le da un beso a su mujer en la frente.

―Voy a fumar un cigarrillo al muelle antes de terminar de preparar todo, ambos sabemos que tenés razón, pero sabés muy bien que soy un hombre inquieto y a mí la pesca solo me distrae un momento, debo tener mi mente ocupada en algo, ya lo sabés.

Víctor toma el paraguas que está delante de la puerta principal, antes de salir se asegura de que sus cigarrillos estén en el bolsillo de su camisa. Afuera, un remolino de viento intenta arrebatarle el paraguas, pero lo toma con sus dos manos y logra retenerlo. «El viento no tiene una dirección fija, eso no es bueno, porque, generalmente, cuando esto sucede, el viento sur es el que casi siempre gana la pulseada y luego la sudestada lo inunda todo», piensa mientras se dirige hacia el muelle. La lluvia es suave, una fina llovizna que forma una cortina casi como si fuera una espesa neblina, esto más la oscuridad de la tormenta y la hora de la mañana terminan desdibujando lo normal del día y la visión no es la mejor.

Víctor se detiene al final del muelle y observa el río, el agua corre lentamente en dirección a la ciudad. Enciende su cigarrillo haciendo caso omiso a la molesta llovizna y mira hacia donde, en algunos minutos, tendría que aparecer la lancha colectiva; su ceño se frunce y su mirada intenta centrarse en un punto. Camina en esa dirección, pero la visibilidad es poca. A la distancia, adivina la silueta de una canoa isleña flotando; le llama la atención no observar a ningún tripulante en ella, aun cuando puede adivinar los remos descansando a ambos lados. Duda entre llamar a su vecino isleño, que seguramente sabrá qué hacer ante esa situación, o subirse a su propio bote y rescatar la otra embarcación antes de que termine hundida por una ola de algún barco. Piensa que es demasiado temprano para andar molestando a Joaquín y, entonces, sube a su bote al tiempo que le echa una mirada al reloj pulsera, le quedan un par de minutos. Si se da prisa, terminará su obra a tiempo para subirse a la lancha que comienza a escucharse claramente.

La llovizna ya no es tan leve y sus lentes se empañan, intenta secarlos, pero es inútil, se los saca y los coloca dentro del bolsillo de su camisa. Comienza a remar lo más rápido que sus brazos se lo permiten, no puede perder la lancha, la próxima pasará dentro de dos horas. Cuando se encuentra a pocos metros de la canoa, deja de remar y se dirige a la proa del bote que continúa navegando lentamente, alcanza a tomar uno de los remos y acerca la otra embarcación, solo tiene que atarla a la popa del bote y remolcarla. La siente pesada, demasiado para una canoa a la deriva. «Seguramente está llena de agua», piensa. Se incorpora para observar su interior e inmediatamente suelta el remo como si se estuviera quemando, pasa sus manos por su ropa mojada en un intento de limpiarlas, pero no están sucias ni tampoco quemadas.

Víctor se queda observando el cuerpo que flota en el piso del interior de la canoa, cubierto a medias por el agua; el rostro es irreconocible, como si algo le hubiera arrancado parte de la cara y el pelo. Una bocina lo arranca del espanto: es la lancha colectiva que se acerca despacio. Se da cuenta de que está en el medio del río y entonces agita ambos brazos pidiendo auxilio.