Almacen de ramos generales "Don Luis Bossio"

Cuando nací, el almacén ya estaba ahí; por lo menos, así lo recuerdo siempre. Apenas aprendí a remar, empecé a hacer los mandados que mi mamá me encargaba; primero con una vieja canoa a remos, que recuerdo como grande, lenta y pesada, y después con una piragua que era todo lo contrario: liviana, ágil y rápida. Eran quinientos metros; el almacén estaba un poco antes de una leve curva que hacía el arroyo y justo allí había una escuela abandonada que, con el tiempo, se convirtió en capilla. En el predio había una cancha de once, la cual era mantenida como el resto del lugar por los vecinos del arroyo. El almacén y la escuela estaban comunicados por un sendero de álamos, y el único impedimento que existía entre ambos lugares era un zanjón donde don Luis tenía su canoero, el cual tenía un puente que hacía de nexo entre ambos espacios.Don Luis siempre fue grande, o al menos así lo recuerdo; no era alto, tenía el pelo blanco y algunos kilos de más. Si cierro los ojos, aún me parece verlo con su camiseta blanca y su pantalón gris por arriba de su cintura. Hablaba con el tono de voz exacto; no gritaba, pero tampoco murmuraba. Jamás lo vi enojado y era muy común verlo sonreír. Hincha fanático de Independiente, tanto que su perro se llamaba Bertoni. Los domingos marchaba por el sendero con su radio Noblex Carina, sintonizando casi siempre el programa futbolero de José María Muñoz. Mientras nosotros pateábamos la redonda, Luis se sentaba a un costado en un pedazo de tronco que hacía de silla, con Bertoni a su lado y atento al relato del partido. De vez en cuando se animaba y se metía a la cancha; como nunca éramos muchos, improvisábamos un pequeño campo de juego y los arcos eran unos palitos clavados en la tierra. Don Luis tenía sus privilegios y entraba y salía cuando quería; su lugar preferido era al lado del arco, y si estaba vacío mucho mejor, porque entonces era más fácil para él hacer el gol. Don Luis tenía el almacén porque tenía una mujer ordenada en las cuentas y que además sabía decir que no. Porque él no sabía decir esa palabra y en esa época el fiado era normal y la libreta para anotar la mercadería también. De no haber tenido a su mujer, Elsa, a su lado, probablemente el almacén no hubiera durado tantos años. Los domingos, después de varios partidos jugados entre vecinos del arroyo Naranjo y algunos que se arrimaban de la Barca y el Guazú, todo terminaba en el salón del almacén. Se armaban partidas de truco y chinchón; los más grandes jugaban a las bochas y después se sentaban, vaso de ginebra en mano a contar viejas historias. Otros hablaban de una isla llena de gente y de quintas frutales. Cuando oscurecía, Luis acomodaba sobre el largo mostrador un farol con una garrafa a gas de cinco kilos; lo encendía y con eso alumbraba el lugar. Esas reuniones domingueras terminaban siempre tarde, y Luis despachaba sándwiches de fiambre y cerveza, pero también de vez en cuando mandaba a alguien al rancho porque se daba cuenta de que ya no podía seguir tomando ni una copa más. Él era así, querido y respetado por todos; así también lo guardo en mi memoria, me hubiera gustado que su vida fuera eterna o que al menos acabase de otra forma. Pero así lo recuerda mi memoria en sus mejores tiempos. Almacén de ramos generales "Don Luis Bossio".
